La mañana del 3 de enero de 1846, el golfo San Jorge se vio azotado por un fenómeno climático que fuentes de la época describirían como un “hura-cán” arrasó unos 80 km de la costa patagónica desde la Bahía de Camarones.

Una carta datada el 24 de ese mes, ofrece detalles del desastre naval que provocó y revela que en ese momento debía haber “no menos de 300 barcos de diferentes puertos de Inglaterra, Escocia e Irlanda, así como de Francia y otros puertos extranjeros” que llegaban a la zona en busca de guano y materias primas.

Golfo San JorgeSe sabe que el evento provocó cuantiosas pérdidas materiales y humanas. Tal vez, algunos de los barcos hundidos sean parte del tesoro submarino que ahora, ciento setenta años más tarde, acaba de localizar en la cabecera norte del Golfo San Jorge el equipo de arqueología subacuática del Instituto Nacional de Arqueología y Pensamiento Latinoamericano (Inapl).

“Durante 2015 hicimos dos campañas, en marzo y en noviembre, en el nuevo Parque Interjurisdiccional Marino Costero Patagonia Austral -cuenta Cristian Murray, director, junto con Monica Grosso, de este proyecto de investigación-. Es el primero que abarca una porción de mar, una franja de un kilómetro o un kilómetro y medio de costa, y una serie de islas.”

Los resultados fueron excelentes: los científicos detectaron siete lugares de naufragio, tanto bajo el agua como en el espacio intermareal. “Encontramos restos de veleros de diferente tamaño -agrega Murray-, algunos medianos y otros muy grandes, como una fragata de bandera chilena pero de construcción alemana, de cinco palos y 110 metros de eslora que se hundió en 1925. Ese barco, el Potosí, en su momento fue el velero más grande del mundo. El constructor confiaba en la vela aunque ya se contaba con motores a vapor. Y lograba velocidades muy grandes: ostentó el récord del cruce del Atlántico a vela en dos oportunidades.”

El Potosí llevaba nitrato del norte de Chile, que se utilizaba como fertilizante y para fabricar pólvora, y traía de vuelta carbón. En una de las travesías se prendió fuego. Lo localizaron a 18 metros de profundidad en un lugar bastante alejado, una hora mar adentro. “Había sido avistado ya hace treinta años por un buzo muy amigo nuestro, que fue nuestro instructor, “Pancho” Requelme”, recuerda Murray.

Murray integra el equipo de arqueología subacuática desde 1995, después de su paso por la Facultad de arquitectura, donde un profesor lo entusiasmó con la historia marítima.

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