Cuando era niña Quantum Leap era uno de mis programas favoritos. Su concepto era absurdo, pero su formato resultaba divertido: un experimento para viajar en el tiempo que había salido mal obliga al Dr. Sam Beckett a “dar saltos” para aterrizar en cuerpos diferentes en distintos momentos históricos. Al comienzo de cada episodio Beckett se despertaba en una situación nueva y tenía que armar el rompecabezas de su entorno. Esto no lo hacía rehuir temas serios: en uno, se despertaba en el cuerpo de una mujer que acababa de ser violada; en otro, ocupaba el cuerpo de un hombre negro de Alabama en los cincuenta.

Creo que Quantum Leap ha permanecido en mi memoria durante todos estos años porque le daba a la mente maleable de mi juventud un marco de referencia sobre los viajes comunes y corrientes. Llegar a un lugar nuevo –incluso en la misma dimensión— puede ser confuso y caótico, pues en cada nuevo destino nos enfrentamos a un nuevo conjunto de reglas invisibles.

Las guías de viaje tradicionales nunca me han funcionado del todo. Con frecuencia, parecen dirigirse a un tipo específico de personas de clase media a quienes les gusta la comodidad. Sucede que sé de primera mano que los autores no siempre eran los mejor informados: uno de mis primeros trabajos pagados como escritora fue en una editorial de guías de viajero para la que escribí florida prosa sobre tortugas marinas en Costa Rica unos tres años antes de poner un pie en el país.

InstagramEl auge de las redes sociales trajo consigo una nueva era de personalización para los viajes. Sin embargo, como muchas otros frutos del mundo digital, a medida que la popularidad de las nuevas herramientas aumentó, su eficacia y utilidad comenzaron a disminuir. Las marcas y negocios buscaron de inmediato la forma de manipular y burlar esos servicios y pronto tuvieron éxito. Yelp, por ejemplo, perdió credibilidad después de que se revelara que los negocios contrataban gente para escribir críticas falsas. Inicialmente, las recomendaciones de Foursquare tenían muchos consejos útiles, pero los anunciantes lograron inmiscuirse en las recomendaciones a base de sobornos, dando prioridad a las cadenas y no a los negocios locales. TripAdvisor tiene un problema un tanto distinto: su alcance es tan amplio que sus recomendaciones llegan a representar un promedio seguro, una encuesta de encuestas. Es genial para asegurarte de que en el restaurante al que quieres ir a comer no te enfermarás de disentería, pero no tanto para encontrar aventuras o secretos locales.

Cada una de estas deficiencias es diferente, pero el problema es el mismo: estas herramientas han llegado a reproducir los sesgos y la calidad genérica de las guías turísticas que supuestamente iban a reemplazar. A medida que la red evolucionó, este problema pareció replicarse una y otra vez. Los organismos de turismo invitaron a instagrammers famosos a sus atracciones idílicas y les pagaron por publicar fotografías de ensueño y así atraer a otros viajeros. Ubicaciones que antes eran gemas ocultas, como la Isla Sur de Nueva Zelanda, se volvieron un imán de turistas, lo que fue de gran ayuda para la economía local… pero nada bueno para reseñas confiables.

Cuando la gente habla de cómo internet ha cambiado nuestra forma de viajar, suele lamentarse de la forma en que la compulsión por documentar el viaje acaba por distraernos de la experiencia real. En un artículo de Backchannel en Medium que se publicó a principios de este año, titulado “Instagram Is Ruining Vacation” (Instagram está arruinando las vacaciones), Mary Pilon escribió sobre la dependencia a los medios sociales y cómo la “lucha por el Instagram perfecto” estaba influyendo en dónde, y cómo, la gente decide pasar su tiempo libre. “En ocasiones, parece como si los destinos se hubiesen transformado en simples escenarios fotográficos”, dijo sobre del comportamiento de los turistas en un viaje a Angkor Wat.

No obstante, la misma urgencia de compartir ha creado lo que para mí es el recurso más grande de viajes en la red: usar las aplicaciones de los medios sociales –en especial Instagram– para hacer búsquedas de lugares y caer, como el Dr. Beckett, en diferentes destinos.

Los contenidos me ayudan a darme una idea del lugar y decidir si es divertido y seguro. Esto se ha convertido en mi brújula, mi forma de recorrer el mundo. En lugar de obsesionarme con páginas web sobre viajes y guías impresas, o molestar a los amigos en busca de recomendaciones, busco las etiquetas de una ciudad o de un lugar justo antes de llegar y ver qué publicaciones recientes son las favoritas. Lo que veo no tiene ningún filtro y además puedo verlo desde distintos ángulos y es mucho más revelador que cualquier otra guía.

Antes de ir a Senegal en marzo, pasé dos días viendo etiquetas de la Isla de Gorea, un atractivo turístico que se ha hecho famoso por su terrible historia. Ahí fue donde los africanos permanecían en prisión antes de que los mandaran a Occidente para ser vendidos como esclavos. Los contenidos publicados sobre la Isla de Gorea estaban llenos de selfis de turistas. Preocupada porque esa aparente falta de conocimiento de los demás arruinaría mi experiencia e intensificaría el impacto del trauma histórico de la isla, decidí dejar la isla para otra ocasión y cenar con un amigo y su familia en su casa.

Este enfoque también nos permite darnos una idea única de la vida cultural de los lugares. Hace un año, en Marruecos, un grupo de amigos y yo no estábamos seguros de cómo vestirnos para caminar por un pequeño pueblo a las afueras de Tánger —queríamos ser especialmente respetuosos porque estábamos de visita durante el Ramadán— así que buscamos entre las publicaciones locales de Instagram hasta que nos dimos una idea de qué era adecuado.

En Puerto Rico, tenía muchas ganas de experimentar la cultura afrocaribeña, así que busqué entre las etiquetas de Instagram hasta que vislumbré cuerpos de piel morena y oscura en la etiqueta de Piñones, una playa donde las familias nadan en el mar y los vendedores ofrecen cocos fríos y alcapurrias, croquetas fritas y rellenas de cangrejo y queso. Fue uno de los mejores momentos del viaje.

INSTAGRAMMientras estaba de viaje por Noruega, tenía ganas de conocer a personas que no fueran del país pero que residieran en él, entonces eché un vistazo y publiqué en Yik Yak en Oslo para tratar de averiguar dónde se divertían los jóvenes de color. En Cape Cod, recurrí a Her, una aplicación de citas, para ver dónde se reunían las jóvenes lesbianas en un Provincetown lleno de hombres. Estas aplicaciones también pueden funcionar de forma inesperada, en especial para evitar el peligro o salir ileso: En Dakar, a mi amigo y a mí nos advirtieron sobre hacer preguntas abiertas en Grindr para saber dónde había bares y lugares donde se reunían los gays, ya que la homosexualidad está prohibida en Senegal.

Últimamente, he estado pensando en estos usos no aprobados desde otra óptica. A principios del siglo XX, la segregación y la hostilidad racial hacían que ser un viajero de color en Estados Unidos fuera extremadamente peligroso. En 1936, un funcionario del servicio postal de Harlem de nombre Victor Green publicó un folleto titulado The Negro Motorist Green Book que se conoció como The Green Book, que incluía información que él y otros trabajadores del correo habían recabado a lo largo de sus rutas de entrega sobre establecimientos donde los viajeros negros eran bienvenidos. El libro perdió importancia a mediados de los sesenta, ya que el auge del movimiento por los derechos civiles y la lucha por el acceso igualitario disminuyeron la popularidad de aquel elemento indispensable para los viajeros de color durante la era de las leyes de segregación, conocidas como Jim Crow.

Sin embargo, aun cuando las leyes y la cultura han cambiado, las reglas todavía no son iguales para todos en Estados Unidos y el mundo. La realidad es que todos andamos por el mundo sujetos a fuerzas y dinámicas sutilmente diferentes. Como viajera adulta que se aventura a salir, he llegado a darme cuenta de que, para adaptarnos, necesitamos hacer nuestra propia versión del Green Book, hecha en tiempo real y generado casi por accidente gracias a nuestra necesidad colectiva de compartir.

Por Jenna Wortham es colaboradora de The New York Times Magazine

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