El ministro de Energía, Juan José Aranguren, trasladó ayer a las empresas petroleras algo en lo que no cree ni está convencido de sus beneficios: la voluntad del Ejecutivo de congelar por unos meses los precios de los combustibles, ante el escenario de corrida cambiaria, expectativas inflacionarias en alza y petróleo crudo en incremento en el mundo. Sin embargo, hasta última hora de la noche no había acuerdo y habrá nuevas reuniones para encontrar una definición.

A cambio del esfuerzo que les suplicó a las petroleras, el Estado cederá recaudación del Impuesto a los Combustibles (ITC), recientemente modificado en la reforma tributaria.

A las 18 de ayer empezó un encuentro con altos directivos petroleros en el Palacio de Hacienda, al mismo tiempo que la mesa chica de Cambiemos se reunía enfrente (en la Casa Rosada) con el equipo económico.

La reunión se gestó en la última semana y fue convocada de urgencia, frente a las cuentas que hacían los petroleros, que arrojaban que debían aumentar las naftas y el gasoil más de un 10%. Es, en los hechos, la vuelta del Estado a la mesa de decisiones y el reconocimiento tácito de un error en la liberación del mercado. Acordaron que hoy Energía presentará una propuesta técnica en firme para administrar las subas que le corresponden a las firmas.

Hubo versiones de que el Gobierno quería acotar la suba a un 5%, pero ganó una posición extrema. Como controlante de la principal petrolera del país, el Estado sabe que habilitar a YPF a aumentar lo que corresponde según las condiciones actuales implicaría estallar por los aires el cumplimiento de la meta de inflación.

Las acciones de los primeros dos años de gestión de Aranguren tendieron a liberar mercados y retirar al Estado del control de precios y comercio exterior.

Así es que anunció con agrado el 25 de septiembre el cese de la intervención en combustibles líquidos a partir de octubre de 2017 por primera vez en 16 años. Quienes lo conocen saben que no fue idea de él contener ahora los precios, pero responde a órdenes de arriba.
No obstante, la libertad que declama el ex CEO de Shell no es perfecta. A siete meses de anunciada la medida, los precios de las naftas aumentaron un 28%, de acuerdo a la variedad (súper o premium) y el comercializador.

La primera muestra de imperfección competitiva fue el acuerdo tácito de las empresas para no incrementar sus precios hasta pasadas las elecciones.

Algunos leyeron que la actuación se realizó para no generar mal humor social en las semanas previas a los comicios legislativos, en los que Cambiemos venció a Unidad Ciudadana en la provincia de Buenos Aires y triunfó en los principales distritos del país. Si bien las firmas prefieren tratar con un Gobierno amigable con el mercado como éste y por eso evitan causarle inconvenientes, también esperaron hasta después de los sufragios para incrementar durante los años kirchneristas. El 23 de octubre, se despacharon con un 10% de ajuste.
El día después de las elecciones, con el crudo Brent a u$s 57 por barril, el presidente Mauricio Macri confió en que el petróleo iba a volver a bajar y los argentinos podrían disfrutar periódicamente de bajas en los valores de las naftas.

En ese momento, consultoras especializadas ubicaban al crudo en un rango de entre u$s 50 y u$s 60 por barril durante un largo período de tiempo.

La jugada, muy festejada por el sector, salió mal. Medio año después, los cálculos se hicieron trizas. Ayer el petróleo superó los u$s 76 en Londres, el mejor valor desde mediados de octubre de 2014. Tan solo en abril, estaba a u$s 67 por barril con un dólar entre los $ 20 y los $ 20,50. Los fuertes movimientos en el tipo de cambio y en el crudo global hicieron recalcular al oficialismo.

Argentina se permite así tener otra situación paradójica: precios locales desenganchados de los mundiales, como fue durante casi todo el kirchnerismo y el principio de la administración macrista. Al principio, mucho más bajos, por retenciones; luego, mucho más altos, por el barril criollo. En esta ocasión, volverá a cobrar menos que lo que se debería trasladar en base a las variaciones globales.

El país es el segundo más caro de la región en cuanto a precios de naftas, solo por detrás de Uruguay y en línea con Brasil y Chile. Un 40% de lo que se cobra en surtidores termina en las arcas estatales.

En los dos años y medio de administración Cambiemos, las naftas corrieron en línea con la inflación, aunque en los últimos meses le vienen ganando.

Dejar una respuesta