La pelota, este fin de semana, rodó en muchas partes del mundo. La mayoría de los flashes se dirigieron hacia Madrid, donde la final de la Champions League fue el centro de atención por los dos equipos que depositó en la final y por el abanico de recursos económicos que disponen para generar un show admirable.

Absolutamente nadie puede negar que de este lado del Océano Atlántico las limitaciones monetarias son mucho muy marcadas, pero tampoco nadie se atreve a menospreciar el nivel de nuestros equipos. Y a partir de esa situación es que el fútbol argentino se instala entre las ligas más destacadas del globo terráqueo, debido a que es impredecible y muy pareja.

Tal es así que parece difícil explicar cómo Tigre dejó de ser un conjunto desahuciado para convertirse en la revelación de nuestro país, a tal punto que demostró que el sprint final de la Superliga no fue casualidad y se coronó campeón de la Copa de la Liga. Sí, el recién descendido se colgó la primera medalla de su historia al doblegar 2-0 a Boca, uno de los más poderosos.

En la previa los finalistas alimentaban su ilusión a partir de distintos atenuantes. En el Matador se aferraban al funcionamiento evidenciado en los últimos meses; en el Xeneize hacían vista gorda al rendimiento y se amparaban en las cuestiones numéricas, donde salían fortalecidos por los buenos dígitos de la mano de Gustavo Alfaro (llevaba un invicto de doce compromisos).

Y si bien las finales suelen ser “partidos apartes”, en el Mario Alberto Kempes se dio una continuidad de lo que fue el último semestre y le regaló el trofeo al conjunto de Victoria, el que mejor juega.