En la temporada más cruda de la sequía, justo antes del inicio de las lluvias, el Chaco salteño suele tejer los relatos más dramáticos sobre la falta de agua. Allí, cuando los calores de octubre y noviembre absorben el último aliento de las aguadas y madrejones que dejaron las últimas tormentas, la búsqueda del líquido vital se transforma en una frenética carrera. En ese juego que impone la naturaleza, el hombre es apenas otro competidor.

Así por ejemplo se puede ver a los vecinos de Los Blancos, en Rivadavia Banda Norte, procurarse diariamente la ración de agua para las familias y sus animales, bajo un sol inclemente que la semana pasada llegó a marcar temperaturas de 45 grados centígrados.

En esa localidad, ubicada en el kilómetro 1.711 de la ruta nacional 81 y a 450 kilómetros de Salta capital, el agua es por estos días, y como todos los años, un serio motivo de preocupación por la vida.

El pozo de agua que abastece al poblado es demasiado salitrosa y pese a que en el lugar funciona una planta desalinizadora, a los propios pobladores se les hace difícil consumir el líquido que surge de las cañerías con alta salinidad y en ocasiones con una “consistencia viscosa” que hace imposible su consumo.

“A veces ni los animales pueden tomar el agua” afirmaron los pobladores.

Por esta razón y en forma cada vez más frecuente, los vecinos buscan abastecerse de agua de “las canteras” como ellos denominan a los terrenos donde se acumula el agua de las lluvias. Esos terrenos no son naturales, ya que se forman con las picadas y fosas que las empresas petroleras y constructoras dejan en el lugar al momento de extraer áridos para construir rutas y caminos.

En esas “canteras”, el agua de las lluvias se acumula y conforma un reservorio que la gente aprovecha en la época más dura de la sequía; hasta aquí la historia no reviste mucha gravedad.

El problema es que los animales también acuden a esos lugares para beber y contaminan el agua. Muchos quedan empantanados y mueren allí, con lo cual el consumo humano se hace altamente riesgo.

Jorge Robledo es un vecino del lugar. “En nuestro pueblo nunca tuvimos agua potable. El agua que sale de los pozos en Los Blancos siempre fue salada, pero cada año es peor. Hay gente que llega aquí desde muy lejos buscando un poco y cuando hace mucho calor estamos como avispas, peleando por un bidón y encima es muy salada. Entonces la gente prefiere ir a alguna cantera de aquí cerca. Hay varias, pero los dueños o administradores de las fincas no siempre dejan que entren a sacar un poco de agua”, aseguró. Es en ese punto cuando el relato del vecino se trasforma en paradójico. En una tierra altamente productiva con la actividad ganadera y petrolífera, los pobladores no tiene acceso al agua segura y pese al riesgo sanitario que ello implica, la extraen de las represas solo cuando los propietarios lo permiten.

vía eltribuno.info

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