Por Sergio Doval (*). La grieta es un concepto que se ha instalado en nuestro país para explicar la polarización de dos formas de ver y entender a la Argentina, sus liderazgos y hasta los destinos del conjunto colectivo de la población.

Esa grieta es la división de un pueblo atravesado históricamente por dos formas de ver la realidad de manera diferente e irreconciliable. No son dos expresiones en búsqueda de un consenso final considerando sus diferencias; más bien son dos expresiones que nacen de sus diferencias para desde allí definirse en forma y en contenido y no buscar un punto de convergencia. Los límites de ese contenido son impermeables, no se comunican o empatizan con otras formas de ver la realidad; esas otras formas o contenidos son “el enemigo“.

Este nivel de “fanatismo“, no es propio de una sociedad madura, equitativa, democrática y tolerante; es más bien una expresión de la “turbamulta“, “el desmán“, “el agite“, presentado ya por Freud en su “Sicología de masas“, donde describía este comportamiento del individuo perdiéndose en la multitud, satisfaciendo sus tendencias agresivas del inconsciente alojándolas en la masa, haciendo desaparecer el sentimiento de responsabilidad sobre sus actos y adquiriendo cierto nivel de impunidad (la masa es “poderosa‘), protegido por el colectivo que lo acompaña y lo vuelve invisible. Alli, lo que prima, no es quién es el otro, sino sostener la creencia en la diferencia como parte de la construcción de la identidad propia y colectiva.

Esa construcción de identidad tan violenta parecería ser la bandera histórica de nuestro crecimiento como país por sobre el acuerdo común. Unitarios y Federales, River y Boca, Peronistas y Radicales. Estas expresiones han confluido en esta última década en “Kirchneristas” y “No Kirchneristas.” Polarización que se mantuvo hasta que hace dos años Mauricio Macri comenzó a apropiarse de aquel espacio No Kirchnerista para posicionarse como la alternativa al movimiento Kirchnerista desde un espíritu más racional, menos confrontativo, y en apariencia más plural. Esto le valió la posibilidad de acceder a la presidencia el 10 de diciembre del 2015.

En el primer año de gobierno de Mauricio Macri (y especialmente durante los primeros tres meses de su gestión) esta grieta (de acuerdo a diversos estudios realizados) se conformaba por un valor cercano al 35% de cada lado y dejaba a un 30% de la población en el medio de una discusión, sin tomar partido, esperando ver de qué lado corrían los golpes para inclinarse hacia una u otra posición.

“¡Se robaron todo!“, alzaba la voz algún indignado y aquellos en el medio de la grieta asentían, sin pasión, pero acordaban y miraban con expectativa el nuevo gobierno.

“Están regalando el país”, “nos endeudan afuera sólo para pagar sueldos”, “abren las exportaciones y matan a la industria nacional”, “quitan los subsidios y no hay aumentos de sueldo que equiparen la inflación”, “apuestan a la bicicleta financiera para contener la inflación en vez de apoyar a la producción“, grita otro quedándose casi sin aliento. Y aquellos fuera de la dicotomía de la grieta también asentían.

Durante el último año ambos lados de la grieta sufrieron un desgaste pero, definitivamente, ese desgaste (pérdida de adherentes) fue mucho mayor del lado de la “Grieta del Kirchernismo”. Esto ha incrementado el porcentaje de quienes están “fuera del concepto de la grieta” (ni de un lado, ni del otro) en un, aproximadamente, 50% de la población, algo también allí perdió Macri.

Una de las primeras explicaciones que surge para comprender porque quién mayor pérdida de adherentes tuvo fue el Kirchnerismo es simple: la contundencia argumentativa del “se robaron todo” que enuncia la gireta macrista contra la grieta Kirchnerista es sencilla. No necesita mayor conceptualización por parte del interlocutor, y es anclada en la psiquis de la población fácilmente: nadie puede negar los billetes en los bolsos de Julio López.

Ahora bien, el problema argumentativo de quien se encuentra del “lado kirchnerista” de la grieta tiene dos dificultades. Primero, la enunciación no es contundente. Son muchos factores de variables complejas interrelacionadas que tiene que enunciar para convencer al otro. Segundo, esta enunciación no tiene un anclaje icónico como “los bolsos llenos de billetes” (el ícono, muchas veces, es más fuerte que el mensaje. Pueden dar fe de ello la Iglesia y Osama Bin Laden). De esta manera, el lado CFK de la grieta va perdiendo adherentes, faltan argumentos. Ese mayor desgranamiento se da en los jóvenes. Cada vez más esa base etaria está abandonando el paraguas del Cristinismo puro. Ese fuego sagrado, de la pasión adolescente, puede convertirse en hoguera muy rápidamente si al adolescente lo dejan sólo, sin guía o con argumentos desacreditados. Como decía aquella remera de un rockero en los 90s con el rostro de Jesucristo: “Kill your idols.”

En este devenir cada vez más argentinos están saliendo de la dicotomía. Buscan una alternativa (¿una persona?) que represente (o sintetice) estas necesidades.

Esos argentinos son quienes definirán la próxima elección legislativa y los próximos años del futuro de nuestro país.

(*) Lic. Sergio Doval es Director del Programa de Opinión Pública de la Universidad Abierta Interamericana.

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