El proyecto de modificación de impuesto a las ganancias tuvo dos grandes perdedores: Marco Lavagna y Axel Kicillof. El acuerdo del Gobierno Nacional con la CGT para modificar el impuesto a las Ganancias, convalidado por los gobernadores peronistas y que seguramente será aprobado hoy por el Senado, constituye una clara derrota para el Frente para la Victoria. La bancada que preside el diputado Héctor Recalde pasó del rechazo total al proyecto oficial a coescribir con el Frente Renovador de Sergio Massa una norma alternativa.

El razonamiento de los kirchneristas era bastante sencillo. “Si ellos prometieron que lo iban a eliminar, debemos exigirle que lo hagan”, se oyó decir en el bloque que se reúne en el tercer piso del Congreso, cuando se conoció que Macri había firmado el decreto de llamado a extraordinarias con la modificación del impuestos a las Ganancias como parte del temario. Sin embargo, el diputado Axel Kicillof, contradiciendo lo que hizo como ministro de Cristina, presentó un proyecto alternativo que proponía grabar a un porcentaje fijo de los trabajadores registrados (en el SIPA), lo que en la práctica implicaba reducir fuertemente el universo de trabajadores afectados por el tributo. Lo más curioso es que su propuesta era mucho más celosa de las cuentas públicas que la de los propios renovadores.

Eran días en los que Kicillof, elogiado públicamente por Emilio Monzó, se pavoneaba como parte de una nueva generación de políticos más desprejuiciados. Cuando la comisión de Presupuesto aprobó el proyecto enviado por el ejecutivo, torpemente defendido por el ministro de Hacienda, Alfonso Prat Gay, y el jefe de la AFIP, Alberto ABAD, Kicillof logró colar como dictamen de minoría su propia iniciativa, que sorpresivamente fue elogiado por el jefe del PRO, Nicolás Massot, para contraponerlo con la “irresponsabilidad” que endilgaban a Sergio Massa.

Pero ocurrió la salida menos pensada. Ante la negativa del Gobierno de correrse de su proyecto, Massa tentó al FPV con un acuerdo para apoyar un dictamen conjunto e infligir una derrota al Gobierno. Como el primer dictamen de minoría era el de Kicillof, el economista, enceguecido ante una oportunidad de recuperar algo de protagonismo, una de sus debilidades según quienes lo conocen bien, se puso a trabajar contrarreloj con Marco Lavagna para unificar las propuestas, que fueron presentadas en una conferencia de prensa conjunta. “El ministro Kicillof está anunciando el cambio de Ganancias”, dijo con fina ironía un dirigente radical mientras lo escuchaba brindar los detalles de las nuevas alícuotas.

La historia es conocida. En una sesión muy caliente el peronismo se abroqueló y logró que el proyecto obtuviera media sanción, ante los gritos histéricos de una legisladora oficialista. Sin embargo, el Gobierno no se quedó quieto y salió a coro a atacar a Massa recordándole su pasado kirchnerista. Hasta el propio Máximo Kirchner debió salir en defensa del tigrense, señalado que las críticas era “injustas”. La estrategia del PRO pareció dar resultado y el líder del Frente Renovador no devolvió la gentileza, al contrario comenzó a negociar con los ministros de Macri un nuevo esquema, dejando fuera al kirchnerismo, que terminó de cerrarse el domingo por la noche en la casa que el exjefe de Gabinete de Cristina ocupa en el country Isla del Sol en Tigre, con la presencia medio gabinete macrista.

Descontando que el próximo jueves serán sancionadas las modificaciones al impuesto a las Ganancias, la fallida estrategia de la dupla Lavagna-Kicillof dejó a los diputados del FPV/FR en una incómoda situación. Por un lado no pueden acompañar una iniciativa en cuya confección no participaron, que resulta además menos favorable a los trabajadores que la que obtuvo media sanción. Pero tampoco pueden oponerse sin más a una solución que cuenta con la bendición de la CGT y los gobernadores. Es la encerrona a la que lo llevó la falta de un posicionamiento claro y un objetivo definido.

“El error fue no haber planteado de entrada una posición dura, es el ejecutivo que tiene que ponerse a fijar los impuestos”, se escuchó decir en el despacho de un veterano dirigente justicialista. “No entiendo para qué presentamos un proyecto alternativo, este era un tema para poner blanco sobre negro, si mandaron algo que no se condecía con la promesa de campaña, sólo había que rechazarlo”, fue otra reflexión que se escuchó.

Como sea, el bloque kirchnerista queda ahora mucho más debilitado internamente y con un perfil poco nítido hacia afuera: quedó a mitad de camino entre la oposición dura y un colaboracionismo fallido.

A principios de años un diputado dijo que el problema del peronismo es que no sabe ser oposición. Parece que ya es hora de que aprenda.

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