Por Alicia Caballero. Llamó mucho la atención días pasados una nota en la que se afirmaba que la gente está mucho más preocupada por la economía, particularmente por la pobreza, que por la corrupción. Y muchos políticos en campaña y economistas profesionales afirman que es necesario combatir la pobreza, atraer inversiones y reducir la inflación, y no mencionan nada acerca de dar pasos firmes en pos de un sistema más transparente y menos corrupto. Y si bien es cierto y humano que quien tiene hambre sólo puede estar obsesionado en cómo saciarla, una gran cantidad de gente, particularmente quienes ocupan minutos de programas de televisión, no luce famélica.

Pareciera que la corrupción fuera un tema institucional o penal y la pobreza, un tema económico. Y que no hubiese vasos comunicantes entre ellos. Es verdad que en tiempos de Internet, la información está a un clic de distancia. Pero sólo el método científico nos permite, a partir del análisis de los datos obtenidos, llegar a conclusiones válidas y correctas. La escala de valores es algo personal, pero la estrecha relación existente entre los flagelos de la pobreza y la corrupción fue tan fuertemente probada que nadie que exprese que está preocupado por los pobres o solidarizado con los indigentes puede ser indiferente, indulgente y mucho menos cómplice de actos de corrupción. Los datos puros y duros son contundentes: la corrupción no sólo mata, sino que también pauperiza, enferma e impide el desarrollo económico y humano.

Así como la institucionalidad no es algo etéreo e intangible, sino que afecta directamente el flujo de inversiones, la corrupción no sólo es moralmente inaceptable, sino que también explica las diferentes manifestaciones de la pobreza y las desigualdades en la distribución del ingreso y limita el desarrollo económico.

El índice de desarrollo humano (IDH) es un indicador implementado por el Programa de las Naciones Unidas para el Desarrollo (PNUD) del estado de situación en tres dimensiones fundamentales: la salud, la educación e ingresos que permitan un nivel de vida digno. Es una medida interesante porque incluye no sólo la dimensión de ingresos, sino también dos variables que hacen a la posibilidad de erradicar paulatina pero estructuralmente la pobreza, como lo son la salud y la educación. La pobreza estructural no se explica sólo por ingresos percibidos, sino también por carencias alimentarias, sanitarias y educativas que condenan al individuo a la marginalidad.

El índice de percepción de corrupción (CPI) es un indicador elaborado a partir de 1996 por Transparency International para medir los niveles percibidos de corrupción, definida como el abuso del poder público en beneficio privado. Un reciente trabajo de Sajal Sharma, un ingeniero experto en tecnologías de la información, demuestra en forma contundente que los países que tienen una “buena nota” por tener bajos niveles de corrupción son aquellos en los que su población disfruta de un elevado índice de desarrollo. A menor corrupción, menor pobreza.

Así, los países que encabezan los rankings en materia de desarrollo humano, como Noruega, Suiza, Holanda o Canadá, son también los que son percibidos como más transparentes y menos corruptos. A mayor corrupción, mayor pobreza y menor desarrollo humano.

Recientes investigaciones revelaron que un incremento en la corrupción de un punto en una escala de 10 (altamente honesto) a 0 (altamente corrupto) baja la productividad en un 4% del PBI y hace disminuir los flujos netos anuales de capital en un 0,5% del PBI. Una mejoría respecto de la corrupción en 6 puntos del índice de percepción de la corrupción incrementa el PBI en más de un 20% y aumenta los flujos netos de capital a alrededor del 3% del PBI.

En múltiples análisis del Banco Mundial queda demostrado que en países con niveles altos de corrupción, la inversión promedio (medida en relación con el PBI) es casi 9 puntos inferior a la de los países más transparentes. Esta brecha se traduce en bajo crecimiento y elevadas tasas de desempleo.

Distribución inequitativa

En cuanto a la distribución del ingreso, los datos muestran en forma contundente que un elevado índice de corrupción se relaciona con un índice de Gini cercano a 1, o sea, con una distribución del ingreso muy inequitativa. En general, los sistemas corruptos no promueven la educación, que es el verdadero motor para salir de la pobreza. Los abultados montos para obras de infraestructura orientados a mejorar las condiciones de vida de los numerosos pobres (y tender a una mejor distribución del ingreso) son un botín que se distribuye entre pocos.

La corrupción tiene múltiples facetas: el desvío de fondos públicos a cuentas privadas, la práctica del soborno para el logro de resultados, los sobreprecios, la falta de racionalidad en la inversión pública, etc.

El narcotráfico también pauperiza, porque su desembarco en las villas determinó que millones de adolescentes, destruidos por el paco, ya no pudieran educarse ni trabajar y cayeran en el delito y la miseria.

Un tema no menor es el nombramiento en cargos públicos de gente no idónea, que en lugar de ser seleccionada sobre la base del mérito moral y profesional lo es por su pertenencia a un grupo selecto de parientes, amigos y amantes. El nepotismo es un rasgo característico de muchas provincias, donde algunas dinastías familiares se perpetúan en el poder. Esto genera naturalmente una “confusión” entre el patrimonio familiar y los recursos públicos.

Así como la pobreza es multidimensional, la reducción de ésta también lo es. Lo que ocurre con las variables económicas es crucial. Pero la progresiva eliminación de la corrupción y la instalación de sistemas que permitan detectarla, así como la formación en valores de los funcionarios, son claves para que los recursos lleguen a donde corresponde. Por último, y no menos importante, el rol de la Justicia es crucial. La impunidad consolida la corrupción. Que las causas por corrupción prescriban y que a los ladrones les vaya tan bien durante tanto tiempo es un pésimo mensaje. Así como no podemos permitir que los ciudadanos que obran correctamente, pagando sus impuestos y cumpliendo con sus obligaciones, se sientan imbéciles cuando reciben avisos de deudas generadas retroactivamente que nadie puede explicar.

Cuando se combate la corrupción y se condena a los corruptos, tanto a los que pecan por la paga como a los que pagan por pecar, se está librando una lucha fundamental contra la pobreza estructural.

Via LaNacion.com La autora es decana de la Facultad de Ciencias Económicas de la UCA

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