El clásico de La Plata enseñó que nadie aprende. Después de aquella escandalosa noche de verano, en Mar del Plata, parecía que todo había terminado en paz, pero a última hora se supo que dirigentes de Gimnasia se tomaron a golpes de puño con jugadores del mismo club que habían quedado al margen del partido. En la cancha no hubo revanchismos, deslealtades ni agresiones arteras, como hace 42 días, cuando las imágenes de violencia fue lo que dejó como saldo aquel encuentro amistoso, en el que todos confundieron sentido de pertenencia y la defensa de los colores con matonismo y bravuconadas. Decir que el fútbol salió airoso sería una exageración frente al bochorno que protagonizaron aquellos que no escarmentaron, esta vez con la misma camiseta: la de Gimnasia. En el resultado se impuso 3-0, con suficiencia y justicia, Estudiantes , pero fue otro clásico en el que la pasión nada tuvo que ver con nada.

Aparentemente, todo empezó con las críticas de los dirigentes del Lobo para sus jugadores. Allí, los que habían quedado al margen por decisión de Troglio (Lucas Leiva, Juan Ignacio Silva, Manuel Guanini y Nicolás Contín, entre otros), reaccionaron y, tras una breve discusión, se fueron a las manos en el palco del estadio Unico, donde jugadores y dirigentes vieron el partido. ¡Increíble! En el club, nadie quiso hablar del asunto, al menos hasta última hora de ayer.

Antes y durante el partido todos dieron un mensaje alentador. Desde los directores técnicos Nelson Vivas y Pedro Troglio y los capitanes Gastón Fernández y Lucas Licht , quienes mantuvieron una reunión con el intendente Garro, hasta la foto conjunta de los presidentes Verón y Onofri con las autoridades del Ministerio de Seguridad provincial y la Aprevide, con la intención de transmitir una imagen de paz. Pero había que esperar a las 17.45 de ayer para conocer si todas las acciones conjuntas que se pusieron en marcha tendrían su correlato en el campo de juego, donde las pulsaciones aceleradas y la eterna rivalidad siempre son un caldo donde se cocina el peor escenario. Nada de eso sucedió: no hubo violencia física ni verbal, tampoco actores que apelaran al engaño para tomar una ventaja. Posiblemente, la actuación del árbitro Pitana ayudó a que todo se desarrollara por los caminos correctos; no necesitó de imponer la autoridad con las tarjetas, esa arma de doble filo que sirve para apaciguar, pero que también puede encender la chispa que provoca el estallido. El gesto de las palmas hacia abajo, pidiendo tranquilidad y respeto por el rival, fue suficiente para congelar a Brum y Faravelli en sus reclamos, cuando el Lobo, en desventaja desde los 10 minutos, tras el gol de la Gata Fernández, mostraba síntomas de nerviosismo.

La silbatina de los 40.000 hinchas de Estudiantes cuando la voz del estadio anunció la formación de Gimnasia o cuando en el segundo tiempo Nicolás Mazzola -sancionado con ocho fechas de suspensión, junto con Andújar y el uruguayo Pereira, por el escándalo en Mar del Plata-, resultaron notas coloridas en un marco de serenidad.

Apareció el fútbol y ahí dominó con amplitud Estudiantes. A partir de individualidades de mayor jerarquía mostró el camino ante un rival que desafinó en la elaboración de juego y cometió errores por los que pagó un alto costo. Si alguna esperanza le quedaba a Gimnasia de revertir una historia que le es adversa, se desvaneció con el gol de Auzqui, tras un rebote del arquero Bologna. El penal ejecutado con solvencia por la Gata Fernández selló la goleada y aumentó esa brecha que impone Estudiantes en los mano a mano con el Lobo. Porque el estadio Ciudad de La Plata se convirtió en una maldición para Gimnasia, que nunca salió victorioso de este escenario en un clásico. Su último festejo fue en 2010, pero en el Bosque; desde entonces, los festejos le correspondieron a los Pincha, que encadenan seis éxitos y cuatro empates.

El clásico de La Plata estuvo a punto de redimirse, pero unos pocos -algunos de ellos de traje y corbata y con responsabilidades de conducción- otra vez se empeñaron en arruinarlo. Son los que nunca aprenden.

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